Última carta: Redención

Diego, hermano…

Tú ya sabes que te amo. No te estoy escribiendo para darte una clase, ni para presionarte con culpa. Te hablo así porque eres mi amigo, porque me importas, y porque te hablo con la verdad y con cariño: te amo demasiado como para ayudarte a seguir huyendo.

No voy a volver a explicar todo lo que pasó; lo conocemos. Solo quiero poner una base a todo esto: hay dolor real… y también hay decisiones que, si las normalizamos, nos van endureciendo por dentro. Eso a mí, me asusta más que el conflicto mismo, porque la Biblia no juega con eso: antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado. (Hebreos 3:13).

Por eso, lo único que estoy peleando contigo ahora no es un “vuelve mañana” ni “anda a hablar con X”. Es más simple y más profundo: que no se te enfríe el corazón; que no le pongas el nombre “sanidad” a lo que la Palabra lo llama de otra forma; y que vuelvas a la luz, aunque sea dando pequeños pasos, porque la vida cristiana en aislamiento no es valentía, es riesgo. La Escritura lo dice sin rodeos: no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca. (Hebreos 10:25).

Te lo digo suave, pero directo: cuando me dices “necesito sanar solo”. Hermano, sanar con Dios sí… pero a veces ‘solo’ termina siendo ‘sin rendir cuentas’, y yo no quiero que el aislamiento te engañe. La biblia nos recuerda que Dios no diseñó al hombre para vivir aislado… “Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él.” (Génesis 2:18),  Sanar con Dios nunca fue sanar en soledad, “Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho.” (Santiago 5:16), por eso nos manda a “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo.” (Gálatas 6:2). Yo no te estoy pidiendo que te abras a todos; te estoy diciendo que “solo” no es el camino de Dios.

Cuando tú afirmas que “el problema está en ti”, yo no te lo discuto. Sí, hay cosas en ti que necesitan ser sanadas, lo sabemos, pero el evangelio no funciona como “me arreglo a mí mismo y vuelvo cuando esté listo”. Funciona como rendición. David lo entendió cuando dijo Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios. (Salmo 51:17). Eso no es “me reparo”, eso es “me rindo”. Y cuando el dolor es verdadero, Dios sí obra; pero obra como Padre, no como simple espectador: porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.” (Filipenses 2:13). Por eso te digo: sí, hay trabajo interno… pero no es “tú solo”; es tú obedeciendo a Dios, con ayuda de otros.

Yo sé que te sientes quebrado y perdido, incluso sin fuerzas para continuar. La palabra de Dios nos dice que Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; Y salva a los contritos de espíritu. (Salmo 34:18). Entonces déjame decírtelo de la forma más simple: que estés quebrado no es el final; es exactamente donde Dios empieza. Lo único que te pido es esto: no tomes decisiones desde la herida.

Y aquí es donde necesito hablarte de lo que “sí dice” la Biblia del matrimonio en este escenario, sin condescender ni empujarte. Hermano, aunque estés herido, la Palabra lo pone claro: y si se separa, quédese sin casar, o reconcíliese con su marido; y que el marido no abandone a su mujer. (1 Corintios 7:11). Sabemos que la biblia si menciona separación cuando nos dicen “No os neguéis el uno al otro, a no ser por algún tiempo de mutuo consentimiento, para ocuparos sosegadamente en la oración; y volved a juntaros en uno, para que no os tiente Satanás a causa de vuestra incontinencia.” (1 Corintios 7:5), no aparece como “me fui para rehacer mi vida”, sino como un paréntesis con un propósito. El mismo versículo anterior dice: “reconcíliese con su marido”. Yo no lo uso como piedra para lanzarte; lo pongo como baranda para que no te salgas del camino.

Y por si en algún momento tu corazón te dice “esto ya no vale” o “ya se rompió”, recuerda cómo lo trata Dios: “Mas diréis: ¿Por qué? Porque Jehová ha atestiguado entre ti y la mujer de tu juventud, contra la cual has sido desleal, siendo ella tu compañera, y la mujer de tu pacto.” (Malaquías 2:14). Y más adelante lo dice con un peso fuerte, pero necesario: “¿No hizo él uno, habiendo en él abundancia de espíritu? ¿Y por qué uno? Porque buscaba una descendencia para Dios. Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales para con la mujer de vuestra juventud.” (Malaquías 2:15), y “Porque Jehová Dios de Israel ha dicho que él aborrece el repudio, y al que cubre de iniquidad su vestido, dijo Jehová de los ejércitos. Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales.” (Malaquías 2:16). No te lo digo como piedra, insisto, sino como alarma: el dolor es real, pero el pacto también lo es. Y si hay un camino, será un camino de Dios, con límites, con ayuda y con verdad; no uno construido desde la huida.

Ahora, tú me has dicho algo que suena super bíblico pero te está jugando en contra: “Jonás huyó… Elías huyó… Job estuvo empecinado y Dios después los llamó, así que yo también puedo.” Y Sí, huyeron, pero ojo con la trampa: el punto de esas historias no es “se puede huir”, sino que Dios no celebra la huida; Dios la corrige. Y ahí te hablo con amor: que no uses la Biblia como anestesia para quedarte donde estás. Úsala como un mapa para volver.

Sé que piensas ‘Dios me disciplinará después’…, como lo esperaba yo y tiemblo un poco Diego, como lo hacías tú cuando yo te lo decía, no porque dude de la misericordia, sino porque ese razonamiento puede convertirse en licencia y Su palabra nos frena cuando dice ¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? (Romanos 6:1, 2) y también te advierte con claridad No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. (Gálatas 6:7). No es amenaza; es realidad espiritual. Dios es bueno, sí, pero no es un cómplice de nuestras excusas. Y si me dices ‘pero cualquiera puede caer’, sí: la Biblia reconoce esa batalla interna. Pablo lo confiesa así: “no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (Romanos 7:19). Pero fíjate en cómo termina: no usando la lucha como excusa, sino volviendo a Cristo: “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro” (Romanos 7:25). O sea: la lucha se trae a la luz… para obedecer, no para justificar quedarnos donde estamos.

Y digo: no se enoje ahora mi Amigo, pero si algo debo decir sobre la misericordia de Dios, no nos confundamos, estoy de acuerdo en algo: no podemos hablar de comunión con Dios mientras caminamos en tinieblas, porque el versículo clave del primer discipulado Juan 1:6 Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero, también necesito decirte más: Dios sí actúa para rescatar al que está fuera del camino; no para aplaudirlo, sino para traerlo de vuelta, por eso Pablo dice: O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento? (Romanos 2:4). Entonces la pregunta no es si “¿Dios puede alcanzarme?”; la pregunta es: ¿vas a responder cuando Dios te llame?

Diego, no te estoy pidiendo que finjas que no hay dolor. Te estoy pidiendo que no te construyas una vida basada en huir, porque Dios restaura al quebrantado, no al escondido y porque obediencia y comunidad como cuerpo, no son opcionales si queremos sanar en serio.

Te lo digo con mansedumbre, y también con firmeza, porque te amo, he estudiado y reflexionado muchos sobre este versículo para hacerlo de la manera correcta Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. (Gálatas 6:1). Eso es lo que estoy intentando hacer contigo: restaurarte, no exponerte, no condenarte… pero sí llamarte a volver.

Y aquí quiero ser transparente contigo, como hermano: yo voy a caminar contigo hasta donde me corresponda. Puedo leer la Biblia contigo, voy a orar contigo, voy a estar ahí, pero con humildad reconozco algo, yo no soy tu salvador, Cristo lo es. Y esto que te estoy diciendo hoy es, probablemente, mi última carta así de larga: no porque me rinda contigo, sino porque no quiero alimentar un ciclo donde hablamos, lloramos, razonamos… y seguimos igual. No se puede ayudar a quien no quiere ser ayudado. Yo voy a estar aquí, disponible para cuando quieras volver con pasos, no solo con explicaciones.

Así que te lo pregunto con amor, sin pelea, mirándote como hermano: ¿tu decisión te está acercando a Cristo… o te está dando una salida para no obedecer? Si estás dispuesto, aunque sea a un paso pequeño, aquí estoy. No promesas. Una acción. No conviertas el temor en una excusa permanente para vivir fuera de la voluntad de Dios, dos errores no hacen un acierto.

Diego, si de verdad quieres salir de esto con Dios, no te pido explicaciones, te pido una decisión, dime qué vas a hacer esta semana: ¿qué acto de obediencia específico vas a tomar para volver a la luz y dejar de huir?

Deja un comentario