Te escribo con el corazón en la mano, porque te extraño, porque me importas, y porque no quiero que pelees solo en la oscuridad de tu mente cuando el cansancio pesa tanto que hasta respirar cuesta.
Hoy solo quiero recordarte algo simple: tu casa sigue aquí para ti. Aquí hay espacio. Aquí no necesitas fingir que estás bien para ser recibido. Si estás agotado, si estás triste, si te sientes lejos, incluso si te da vergüenza mirar a Dios o mirarnos a nosotros… igual. Igual te esperamos. Igual te amamos. Igual creemos que el Señor no ha terminado la obra contigo.
No quiero que pelees solo. La batalla en la mente puede gritar muy fuerte, como si fuera la verdad final. Pero no lo es. Hay un camino, y si hoy tu cabeza se siente como un lugar peligroso, quiero que sepas que no tienes que ganarle a todo de una vez: a veces el paso más valiente es volver a lo simple, volver a Cristo, volver a casa, volver a pedir ayuda, aunque sea por primera vez.
Quiero dejarte este versículo como ancla, como apoyo cuando la cabeza va demasiado rápido:
“Derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo,” – 2 Corintios 10:5
(Dato freak: ¿Alguna vez me viste sacudir la cabeza de lado a lado? Cada vez que viene un pensamiento indebido agarré el hábito de hacer ese gesto, recordándome que debe salir de ahí, como si ese pensamiento equivocado fuera expulsado por los odios)
Diego, tú no eres tu peor pensamiento. No eres esa voz que acusa. No eres ese cansancio que te miente diciendo que ya no queda salida. Tú eres amado. Y aunque hoy te sientas roto por dentro y con un montón de sensaciones que no encuentras palabras para describir, Jesús no retrocede. Jesús se acerca. Él toca. Él limpia. Él restaura.
“Sucedió que estando él en una de las ciudades, se presentó un hombre lleno de lepra, el cual, viendo a Jesús, se postró con el rostro en tierra y le rogó, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Entonces, extendiendo él la mano, le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante la lepra se fue de él.” – Lucas 5:12, 13
Ese versículo siempre me ha gustado, de hecho, lo tengo en la pared de mi pieza, al lado de mi cama, porque me recuerda que Jesús toca lo que a todos les da miedo tocar. Jesús no te pide que te arregles primero para acercarte. Te pide que vengas como estás.
No te estoy pidiendo que “vuelvas perfecto”. Te estoy diciendo “vuelve con lo que tengas”. Si hoy solo te sale un respiro profundo, tráelo. Si lo único que puedes decir es “Señor, si quieres…”, dilo y ya es suficiente para empezar. No te salva el tamaño de tu fuerza, te sostiene el poder de Cristo, solo suelta las amarras que intentas sostener.
Y ahora te hablo yo, como tu amigo. te extraño. Extraño tu estar. Esa armonía que solo existe cuando los los tuyos vuelven a estar cerca. Por eso, junto a esta foto, va este versículo. Sigue siendo verdad y sigue siendo nuestro deseo:
“¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es Habitar los hermanos juntos en armonía!” – Salmos 133:1
Si decides volver, no vuelves a un tribunal: vuelves a un hogar. Y si todavía no puedes, está bien. Yo ya hice votos con Jesús, y voy a caminar contigo como sea, una cuadra, lo que dura un mochaccino canela, o sin caminar nada, sentados en silencio. Yo puedo con tu silencio. Puedo con tus lágrimas. Puedo con tu confusión. Lo único que no puedo, es perderte en tu encierro.
Si estás batallando con ideas que te asustan, si te sientes sin fuerzas, si sientes que ya no puedes… dímelo. No mañana. No cuando “se te pase”. Dímelo y te acompaño. No estás solo, aunque tu mente te grite lo contrario.
Te amo, amigo del alma. Y lo repito para que te quede grabado: te esperamos en casa. Y yo te espero también, con brazos abiertos, sin condiciones, con esperanza real en Jesucristo que restaura lo que parecía perdido.



